jueves, enero 14, 2010

La maniobra de Heimlich

Antes de que empezara la que había de ser la última comida de Navidad, cuando ya estaban a punto de entrar en el salón, Don Braulio les reunió en un corrillo y les habló con la voz quebrada por la emoción: "Yo lo se mejor que nadie, este año las cosas son más difíciles y precisamente por eso no he querido suprimir esta celebración. Compañeros, con el trabajo de todos os aseguro que nuestra Empresa va a salir adelante."

Su tono de voz hizo que el contable Carlos, hombre de confianza y amigo de toda la vida, recordase los tiempos en que el joven Braulio había liderado una agrupación de estudiantes, y por un momento pensó que de nuevo levantaría el puño para cantar La Internacional. Pero solamente dijo: "Si os parece empezaremos con este aperitivo mientras nos sirven los platos principales".

Todos tomaron asiento alrededor de la mesa, en el centro del enorme reservado blanco que Don Braulio había elegido para la ocasión. Las paredes, extrañamente distantes y sin ninguna clase de adorno, casi se perdían de vista y se confundían con el suelo. El camarero, muy anciano, empezó a servir lentamente los platos de aceitunas y rogó disculpas por si hacía un poco de frío, pronto empezaría a notarse que la calefacción estaba encendida. Eran más de las tres de la tarde y las aceitunas, que eran grandes, negras y con hueso fueron recibidas con alegría.

Nicanor, el conserje, había llegado a la empresa mucho antes de que la heredara Don Braulio y siempre había sido un modelo de seriedad y corrección en el vestir. Tomó la primera de las aceitunas con la mano derecha y se la llevó a la boca sin tocarla con los labios. Estaría distraído, o tal vez quiso hablar a destiempo, porque la aceituna se le atragantó. Empezó a toser, primero sentado y tratando de guardar la compostura. Después, aterrorizado, se puso de pié y con la mirada vidriosa siguió y siguió tosiendo con todas sus fuerzas para tratar de librarse de aquel cuerpo extraño que le estaba asfixiando. En vano trataron la becaria Angelines y el comercial Marcos de darle palmadas en la espalda, en vano acudió el contable Carlos hacerle la maniobra de Heimlich: a los cuatro minutos Nicanor ya estaba en el suelo inconsciente y azulado. Carlos, consternado, anunció que había muerto.

"Esto es terrible", dijo Don Braulio, "que final más desgraciado ha tenido el pobre Nicanor, ahora que su jubilación ya se veía próxima. Pero el camarero ya ha llamado a la ambulancia y cuando llegue ellos sabrán que hacer con él. Yo se que os parecerá extraño lo que voy a decir, pero estoy seguro de que el buen Nicanor hubiera querido que siguiéramos comiendo. Y por otra parte su trabajo en la Empresa ya no era tan necesario: hoy en día se puede pasar perfectamente con un portero automático y cada vez se utiliza menos el teléfono. Compañeros, en homenaje al desaparecido Nicanor, os propongo que sigamos con este aperitivo, ahora que ya son casi las cuatro de la tarde y los platos principales no pueden tardar en llegar".

La joven becaria Angelines fue la segunda. Su aceituna tal vez era demasiado grande, o quizás ella quiso tragarla de golpe, o se olvidó del hueso. Era una chica alegre, muy guapa y muy querida en la Empresa y más de uno debía de estar prendado de ella, de modo que todos acudieron a socorrerla. Cuando la maniobra de Heimlich ya hubo fallado y Angelines ya estaba en el suelo con las primeras convulsiones de la muerte, Carlos estuvo pensando si a ella debía hacerle masaje cardíaco y respiración boca a boca, pero como a Nicanor no se lo había hecho, no le pareció procedente. Por otra parte, con aquel cuerpo extraño en la tráquea, poco había que hacer.

"Esto es terrible", dijo Don Braulio con una lágrima en el ojo derecho, "la pobre Angelines ha muerto. Ella que era tan vital y tan trabajadora, que tenía toda la vida por delante y que tanto empeño ponía en ir aprendiendo las normas de la Empresa... justamente ahora que ya estaba a punto de disfrutar del primer contrato remunerado. Pero yo os propongo que sigamos con el aperitivo, ahora que los platos principales ya deben de estar a punto de llegar. Desde el punto de vista de la Empresa, Angelines últimamente solía retrasarse en sus tareas y además el volumen de negocio ha disminuido y creo que con el esfuerzo de todos podremos seguir funcionando sin Angelines. Prosigamos, estoy seguro de que es lo que ella hubiera preferido... Marcos ¿no le apetece a usted una aceituna?".

Al final Don Braulio pidió la cuenta y dejó una buena propina. Antes de salir, miró por última vez el desmesurado salón blanco. Seguía igual de glacial que cuando llegaron, pero ahora estaba tan silencioso que podía oírse perfectamente el eco de los pasos del camarero recogiendo para la cena. Repasó con la mirada los restos mortales de todos sus antiguos empleados y se marchó aliviado.

23 comentarios:

la desanchá dijo...

¡Qué barata le salió la comida al señor Braulio!

igniszz dijo...

No eran aceitunas, eran bolitas de gel que se inflan con la humedad, qué cabrón!

frikosal dijo...

Pero que hacen ustedes blogueando a esas horas ?
Don Braulio es un prócer de la patria que con su esfuerzo ha levantado un imperio.

RAFA PÉREZ dijo...

A este fenómeno se le conoce como ERE oleico y creo que es bueno para el colesterol: acaba con él.

frikosal dijo...

Si, por eso hay que recoger pronto para la cena, es un restaurante con mucha demanda.

Jordi Busqué dijo...

Espero que no esté Vd. haciendo una metáfora sobre la cena con el Sr. Només y compañia.

Sussss dijo...

Qué buena idea!!! lo tendré en cuenta por si mi empres-ita no va bien, sobretodo porque yo soy la jefa de mi empres-ita, jaaaaaaaa

frikosal dijo...

En la cena se sirvieron sin hueso.

frikosal dijo...

Susss,
Aceitunas para todos ?

ercanito dijo...

Yo por eso no como aceitunas negras. Por si acaso no aceptaré las invitaciones de mi jefe en adelante. Supongo que en casa se estará mejor.

JOAKO dijo...

Y ¿dónde puedo conseguir esas aceitunas?, en la patronal del señor Diaz-ferran, en el ministerio de trabajo del señor Corbacho, en Moncloa, en bruselas, en Wasington, o mejor...en las enmoquetadas estancias de Wall Street.

El futuro bloguero dijo...

Todo un caso, el de la aceituna asesina...

O es que la maniobra de Heimlich la hacían alrededor del cuello y no del diafragma?

Que no se entere D.Gerardo o invita a unas tapitas a su linea aérea...

frikosal dijo...

En realidad yo creo que era el camarero más que las aceitunas.

nomesploraria dijo...

Qué maleducados morirse en la mesa delante de tanta gente.¿Y el menú? ¿Era el típico menú de boda con concha de marisco recalentada?
Los detalles son importantes.

Guerrillera dijo...

Una de estas cenas tuvimos en el trabajo el año pasado, bien en diciembre 2008.
Pero en lugar de dar aceitunas dieron para cenar bolitas de excremento de cabrita!!!
Tenía más aroma!!! "Delicatessen" pero la verdad yo soy más de campo prefiero espatec amb pa tomaquet!

Joselu dijo...

Un cuento bien negro. No des ideas a la patronal.

MartinAngelair dijo...

Es una de mis grandes pesadillas.





B.N.C.M.



Beso.

Homo pyrenaicus dijo...

Soberbio relato, Dr. Merecería un lugar en cualquier buena antología.

Miazuldemar dijo...

Buena idea para los empresarios en crisis. ¿No formará usted parte de algún partido político? ;)

Icíar dijo...

Me ha encantado, me ha encantado, me ha encantado.

Estoy segura que este cuento correría de boca en boca si usted lo publicara. Me ha encantado.

Sorprendente, ingenioso, despierta la curiosidad, te mantiene en tensión, nada predecible.

Me ha encantado. Me da igual no ser nadie,y que mi opinión no importe o no sea relevante, pero frikosal ... me parece usted un genio.

Icíar dijo...

¿Me permite ponerlo en mi blog con su nombre, claro?

frikosal dijo...

Celebro que les guste!

Icíar, puedes ponerlo. Deja un enlace a esta entrada, por favor. Por cierto que yo no creo que seas irrelevante, ni yo un genio ya puestos. Pero muchas gracias !

¿? d. baco dijo...

Fantástico.