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martes, junio 10, 2008

Historia de amor y muerte en 13 frases

1-Él era un perro callejero de los más feos, asalsichado, famélico, con el pelo raído y una pata ranca. Ella era mansa, muy menuda, de color negro y carita de rata.

2-Una anciana solitaria se encariñó de ella y la cobijó una temporada.

3-Pero el día del entierro, entre tanta gente desconocida entrando y saliendo, la perrita se marchó lloriqueando por la puerta abierta.

4-Después de tantas pedradas, tanta hambre y tanto frío, el asalsichado tuvo la suerte de encontrarla una mañana propicia.

5-Se olisquearon, y sin más preámbulos fueron a esconderse debajo de un camión.

6-Siendo tan pequeños, entre el diferencial y el depósito de gasoil quedaba un hueco que tenía la altura justa para que pudieran amarse.

7-Yo era el niño que les vio camino de la escuela, y toda la mañana estuve meditando acerca de los misterios de la vida.

8-Al mediodía seguían debajo del camión, descansando tumbados uno al lado del otro para poder continuar.

9-Por la tarde me contaron que un perro finolis olió a la perrita, pero que el asalsichado plantó cara y pudo rechazarle de un mordisco.

10-A las siete de la tarde, volviendo de catequesis, el camión arrancó y pude ver como los dos salieron algo asustados.

11-Y se marcharon trotando juntos calle abajo, él con la pata ranca.

12-Habiendo tenido los dos una vida tan miserable, me pregunto si cuando murieron atropellados, o de un mal parto, o quien sabe como, debieron recordar aquel día debajo del camión.

13-Pero yo no se si el recuerdo de las alegrías pasadas puede mitigar el dolor presente, o si por el contrario, lo aumenta.

martes, abril 08, 2008

Bolsas de plástico que vuelan (y la libertad)

Hoy hace viento. Entre el cristal del despacho y la reja metálica hay atrapada una fea bolsa de plástico de color rosado que vuela y vuela sin poder liberarse. El otro día alguien me dijo que podría filmarla, como el impagable personaje de American Beauty (el que parecía loco pero resultó ser el más cuerdo de todos). Si, podría, pero no es lo mismo, por que las bolsas que él filmaba danzaban en aparente libertad. Y mi bolsa, la que ahora mismo estoy viendo, está confinada en un espacio pequeño de paredes tangibles.

Mirando esta bolsa prisionera los ojos se me han ido a la calle, donde otra bolsa blanca volaba libre hasta llegar casi al segundo piso. Y esta visión me ha transportado por un momento al sombrío patio del castillo de curas que fue mi colegio. Siendo un niño, los días de viento yo jugaba a sacar bolsas de plástico de la papelera (a escondidas) y hacerlas volar como si fueran cometas. Que ilusión verlas entre los remolinos, elevarse y pasar minutos enteros sin tocar el suelo. Y después lanzarlas de nuevo, hinchándolas como si fueran velas, esperando que alguno de aquellos bailes las llevara arriba, muy alto, y pudieran pasar por encima de la muralla del castillo, cruzar toda la ciudad y caer en el patio de mi casa.

Unos años más tarde dejé de utilizar las bolsas como si fueran palomas mensajeras. Y aprendí el arriesgadísimo arte de escaparme del castillo en persona, por la puerta de atrás, a la hora del recreo, cuando los niños jugaban a fútbol. Y andar por la calle en libertad, solamente unos minutos, temiendo que mi bata de rayas me delatara como fugitivo del castillo. No olvidaré esos momentos de éxtasis, la embriaguez que experimentaba al salir corriendo por la puerta metálica entreabierta aprovechando un descuido de los profesores.

Si me hubieran pillado, el castigo hubiera sido terrible. Pero nunca me descubrieron. No debían ser especialmente meticulosos, tal vez por que en el fondo ellos también eran prisioneros de ese lugar.

lunes, marzo 03, 2008

El mito del lagarto ocelado

En este cuadernillo ya me he ocupado anteriormente de mis tímidas experiencias con lagartijas, tortugas y serpientes. Ha llegado la hora de contar mi encuentro con el lagarto ocelado. Pero antes, debo explicar por que me gustan tanto los reptiles. Primero tuve que averiguarlo. Después de mucho bucear en mis recuerdos, creo que ya lo se.

Yo nací en una planta baja, en el número 25 de una calle con el nombre de un santo de poca importancia. En esa zona de la ciudad, el urbanismo es especialmente mezquino. Las viviendas son casas autoconstruidas en parcelas de 4.25 metros de ancho por 40 o 50 metros de largo. Son tan largas, paralelas y apretadas que desde el aire (o desde el google earth) parecen lápices en un estuche escolar. Esta disposición unidimensional obliga a una arquitectura tuneliforme. Las casas únicamente pueden tener una ventana en la habitación que da a la calle, seguida de un pasillo de más de 20 metros con habitaciones a un lado. Son salas tenebrosas, húmedas, de luto riguroso. Al final se ve la luz, que suele ser un comedor con un ventanal que da a un patio.

Alli, en ese patio de 4.25 por 10 metros, orientado al sur, entre un palosanto y varios rosales, pasé algunos de los mejores momentos de mi infancia. Normalmente estaba solo, montando en bicicleta, sentado en la escalera leyendo las aventuras de Guillermo Brown, haciendo casas para los caracoles o tirando los gusanos de seda a la morera del vecino, Sr. Sangil. A veces, escuchando los interminables ejercicios de solfeo de mi hermana, trepando por la peligrosa barandilla metálica casi hasta el tendedero del primer piso o hablando con el setter irlandés de los otros vecinos, los Srs. Simón, que languidecía al otro lado de la tapia.

Pero lo mejor, lo que más me gustaba del patio, lo que más he echado de menos, lo que sigo soñando, eran las tortugas. Teníamos dos tortugas moras de nombre Quelo y Beta (creo que entonces eso no era ilegal). Quelo, por los quelonios, era un macho que había estado en la casa desde antes de mi nacimiento. Beta, su partenaire, era algo más joven. Comían tomates y lechuga, a veces de la mano. Tocándoles las escamas de la cabeza con cuidado, casi parecía que les gustara ser acariciadas como si fueran gatos. En invierno se enterraban en algún lugar desconocido, para renacer después en primavera con gran alegría de todos.

Pero cuando yo tenía unos diez años por fin mis padres pudieron comprar un piso en propiedad. Era más grande, sin humedad, con una habitación para mi, más soleado, y sin ratas. Pero sin patio. Me acordaré toda la vida, fuimos mi padre y yo a una tienda de animales y les dimos o malvendimos las dos tortugas. Era imposible tenerlas en el piso. ¡Cuantas veces he soñado que regresaba al patio de mi infancia y las tortugas seguían allí, renacidas después de un larguísimo invierno! Esas escamas de la cabeza de las tortugas, que eran como gatos acariciados, son lo que creo que yo busco en las escamas de todos los reptiles. Por que allí está mi infancia en el patio.

De las ratas hablaré otro día.

sábado, febrero 09, 2008

Las vidrieras y la fruta prohibida

Hoja de arbutus unedo mordisqueada y algo putrefacta.

Ahora recuerdo que de pequeñito, estando en misa, yo siempre miraba las vidrieras. Un día al llegar el momento de la transubstanciación oi la palabra pan y pregunté a todo pulmón si nos darían pan con mantequilla y mermelada. Tenía unos tres años y esto me lo han contado, yo solamente recuerdo que lo recuerdo. Pero el verde de las vidrieras y el rojo trans-lúcido del sol detrás de la fruta prohibida si que me han quedado grabados. Y me siguen gustando las vidrieras, el verde del sol que atraviesa las hojas y la mermelada prohibida de fresa.

Por ahora, eso es todo.

martes, diciembre 04, 2007

La segunda grieta

Aquella tarde bajamos ordenadamente las escaleras y tomamos asiento en las sillas de madera, amedrentados por el olor a cirio. Se apagó la luz, no hizo falta que las catequistas pidieran silencio, ya sabíamos que algo importante estaba por suceder.

Empezó la proyección, eran unas filminas de las misiones en Africa. Salía un joven sacerdote y misionero, con mucha convicción, que cruzaba el mundo desde Roma hasta un poblado circular de chozas amarillas, como la casita de paja del certito tonto. Y alli vivían unos negritos muy pobres, que sin ser malos del todo ignoraban las cosas de la fe por que nadie les había enseñado ni la catequesis elemental. Andaban en taparrabos y yo me avegoncé de preguntarme si se verían las tetas de las negritas, como en el documental de los Yanomamos. Pero no. Se veía algo más profundo: el corazón.

Los negritos al principio tenían el corazón negro por sus pecados y yo pensé que era lógico siendo negros. Poco a poco el misionero bueno los iba purificando y entonces se les veía el corazón cada vez más blanco, se lo había limpiado el Niño Jesús, ya estaban preparados para la Primera Comunión. Excepto el brujo, que era malísimo, viejo, con cara de mono, ese se quedó con el corazón negro hasta el final.

Una mañana ocurrió algo terrible. A un niño muy pequeñito le picó una serpiente venenosa. Se formó un corrillo de negritos asustados. El brujo venga danzar y gritar, como en las de Tarzán de los monos. Ya se veía que no podría curarle, menos mal que está el misionero. Pidió paso y los negritos con su nuevo corazón blanco se apartaron y pudo acercarse un poco al pobre niño que se estaba quedando rígido por el veneno. Parecía que iba a curarle, que tenía una medicina, por que si no ¿por que gritaba otra vez pidiendo paso?, ¿como es que empujó al brujo malo para abrirse camino?.

Y por fin llegó al lado del niño, lo cogió de los brazos de su madre llorosa. Casi no respiraba. Menos mal, ahora le hará un corte y le sorberá el veneno como en las del Oeste. El misionero sacó un frasco, será el antídoto, será una inyección. Hará un milagro, como Jesús. Pero no, era para bautizarle, justo justito antes de morir.

-Ahora ya está en el reino de los cielos con el Niño Jesús.

No pude entenderlo. Años más tarde, en segundo de BUP, cuando un amigo se pegó un tiro en la cabeza con la pistola de su padre, pasó unas horas agonizando con el cerebro destrozado. Y en lugar de dar la clase de latín, nos hicieron bajar a la Capilla y el Padre dijo que no quería tentar a Dios pidiendo la curación. Y yo pensé: como el misionero.

lunes, diciembre 03, 2007

Mi primera comunión y las grietas en la fe.

Después de mi primera comunión yo fui un ferviente niño cristiano. Pero dos pequeñas grietas que habían quedado en mi edificio doctrinal se fueron agrandando con el paso de los días. Y por ahí se me escapó rápidamente casi toda la fe. En tan solo unos pocos meses ya había perdido todo el interés por la Misa.

La primera grieta doctrinal fue de naturaleza estadística, la segunda resultó más dramática.

Al salir de colegio, los martes y los jueves nos íbamos cada uno a su parroquia para prepararnos para la primera comunión. A mi me tocó en nuestra enorme y glacial iglesia. Nos hacían pasar en silencio a la rectoría. La catequista era una señora de mediana edad, razonable y bondadosa. Nos hacía sentar alrededor de una mesa ovalada. Y allí dibujábamos escenas del nuevo testamento con los colores plastidecor.

Todavía resonaban los ecos del concilio vaticano segundo, y la catequista pasó casi de puntillas por encima de los tormentos del infierno. No recuerdo que mencionara el purgatorio y apenas insistió en los pecados contra el sexto mandamiento. ¿Tal vez esa suavidad doctrinal fue el error?

Pero a pesar de todo, a mi me parecía difícil alcanzar el cielo, con tantos pecados y tanto amor que había que tener por el prójimo. No me veía capaz, sinceramente. Y pregunté:

-¿Cuanta gente va al cielo?

Yo entonces tartamudeaba. Se quedó algo sorprendida la señora catequista, no me entendió o fingió no haberme entendido. Pero yo insistí:

-¿Cuantos van al cielo? ¿Casi todos, casi ninguno, la mitad? ¿Que porcentaje? Es que si no va casi nadie, a lo mejor es que es tan difícil que no merece la pena tratar de observar tantos mandamientos.

Dudó unos segundos, y yo creo que vi la verdadera respuesta en su mirada: ¿Como quieres que yo lo sepa? No hay forma ninguna de saberlo. Pero se sobrepuso para decir:

-No.. bueno.. si que va gente, si. Mmm, bastantes, si, bastantes.

Pero eso pasó. La catequista insistió algunas veces y mi débil voluntad de niño aceptó sus razones, creo que en realidad yo quería ser engañado. Hice la primera comunión con toda devoción en la enorme iglesia, atento al misterio de la Transubstanciación y vestido con pantalón corto, a pesar de que el día amaneció helado. Las anginas me dejaron dos semanas fuera de combate con antibióticos.

La segunda grieta fue algo más persistente, y la contaré otro día.

miércoles, octubre 17, 2007

El peso de los bits

Mi abuelo, que era de Granada, se murió a los 74 años justo cuando empezaba a escribir sus memorias. Y hubieran sido muy interesantes, desde luego mucho más que las mías. Ahora que tengo los 40 tacos a la vuelta de la esquina (un par de meses después de Navidad) creo que ha llegado el momento de empezar a ordenar mis recuerdos, los buenos y los malos.

Revisando lo que la gente cuenta de su vida, veo que hay cierta tradición en contar la primera experiencia sexual. Para no aburrir a la audiencia, yo por el momento no voy a abordar este apasionante tema, y empezaré por algo que para mi fue anterior al primer polvo: Mi primer programa.

Lo recuerdo perfectamente. A un buen amigo de mi juventud, sus padres le compraron un Spectrum. Al salir del Castillo de Curas donde estudiábamos secundaria, fuimos disparados a su casa para ponerlo en marcha por primera vez. Con expectación, lo sacamos de la caja (ahora parece un chisme ridículo), lo enchufamos a la tele y allí apareció el mensaje

(c) 1982 Sinclair Research Ltd.


Y ahora ¿que hacemos con esto? Por que en aquellos tiempos los ordenadores llamados domésticos no servían prácticamente para nada como no fuera aprender a programar en Basic y usar unos juegos que tardaban más de cinco minutos en cargarse desde un caset.

Resulta que mi hermana había hecho un cursillo de Basic un par de años antes y yo había leído los apuntes con deleite. Y recordaba algunas cosas. Lo suficiente como para poder escribir (después de luchar con el odioso teclado) algo así como:

10 LET x=10
20 PRINT x


Entonces, apretando RUN salió, glorioso un

10

en la pantalla.

¡Que emoción que gran maravilla de la tecnología era el Spectrum!, ¡Hacía exactamente lo que le pedías!

Y que suerte haber nacido en esta época de prodigios. Por que el Spectrum del 82, que era casi un juguete para chavales, ya era muchísimo más potente que el ordenador que llevaban los cohetes Apolo del 68.

En casa de mi amigo, y después en la mía, y en otros muchos lugares, he pasado horas y horas escribiendo programas, unas veces cobrando y otras sin cobrar, pero casi siempre con la sensación de descubrimiento de aquella primera tarde.

PS. Aunque no he estudiado informática ni soy programador profesional, soy un obsesivo irremediable. Y a fuerza de disfrutar y disfrutar escribiendo programas, el peso de los bits acabó cargándome el cerebro y ahora soy un poco frikosal. Tened cuidado los que trabajáis en este sector, escribir software es malo para el cerebro (pero solamente si se disfruta haciéndolo).

viernes, diciembre 29, 2006

Muerte de E

E. era una chica alta, desgarbada y exageradamente pálida. Hablaba con voz estridente y su apellido era risible. Tal vez estos factores precipitaron su muerte poco antes de que cumpliera 20 años.

Hacíamos primero de BUP. A los 14 años ya nos creíamos mayores y dedicabamos la hora del recreo a andar charlando patio arriba y abajo con el bocadillo en la mano. Una mañana de otoño, E. y sus amigas paseaban conversando con parsimonia por un largo corredor asfaltado al lado de la capilla.

Sin ningún motivo aparente, desde muy lejos Pepe gritó "E.... !!!", y arrancó a correr hacia ellas por su espalda. E. pretendió no haberle oido. Tal vez le habían aconsejado no hacer caso a los que la molestaran. Pero estaba temblando de pánico en espera de lo inevitable mientras oia las zancadas de Pepe aproximandose a su espalda. Y no era para menos, por que Pepe era violento e imprevisible.

Cuando Pepe llegó ya eran muchos los que imaginaban que algo iba a suceder y estaban mirando para no perderselo. Pepe no quiso defraudarles. E. estaba de espaldas. Sin mediar palabra, casi sin dejar de correr, Pepe metio el brazo entre las piernas de la chica, hasta el codo, y tocó ostensiblemente sus genitales. Fue un gesto de una rapidez y violencia espeluznantes, que provocó la risa inmediata de casi todos los chicos que vieron la escena. Y tambien de algunas chicas. Es que E. era una de las víctimas habituales de la clase.

Y las amigas siguieron paseando sin interrumpir su conversacion, alteradas por el miedo pero como si no hubiera pasado nada. En el fondo, aliviadas de no haber sido ellas las agredidas. También E. continuo andando entre ellas, hacia delante. Sin gritar. Tratando de mantener la compostura entre las risas, con una lágrima y una mueca de dolor físico en su cara, normalmente pálida pero esta vez roja como la sangre.

Y Pepe se giró y volvió andando, inexpresivo como siempre, paladeando su victoria.

Ningun adulto vio nada, en la escuela no se comentó nada de esto. No fue un hecho aislado, solamente un episodio más, el de aquella mañana de otoño. Podría contar otros.

Años más tarde, cuando yo estaba en primero o segundo de la universidad alguien me comentó que E. se había colgado.

A Pepe no volví a verle hasta mucho después. Abrió una bombonería en el centro de la ciudad. Una vez más, veinte años después, su cara inexpresiva al otro lado del escaparate me dejó paralizado de terror.

lunes, octubre 30, 2006

La Paca Vaca

El otro día me acordé de la Srta. P.

Hace un montón de años, la Srta. P se compró un R5 granate y para poder pagarlo se tuvo que buscar el problema de llevar al cole algunos niños que vivían cerca de su casa. En el atasco de cada mañana yo les veia pasar desde el coche de mi padre. La Srta. P al volante y cuatro niños formalísimos y recien peinados en el asiento de atrás.

La Srta. P era profesora de francés, como mi madre. Es más, eran amigas. Alguna tarde mientras merendaba, las había oido en el comedor de nuestra casa estudiando juntas los misterios del pase compose y demás sutilezas, para poder sacarse un árduo diploma de capacidad pedagogica.

Tal vez por eso siempre me inspiró cariño. Y respeto, por que en aquella época la autoridad de un maestro de escuela estaba por encima de cualquier duda. Aunque tuvieran que buscarse clases particulares y llevar niños al colegio para poder comprar un utilitario.

Pero los años pasaron y ya os adivierto que esta historia es un poco triste. Es que la Srta. P era soltera y eso entonces era sinónimo de soledad y de fracaso. Y asi, al mismo ritmo que el R5 perdía el esplendor de su granate, ella se fue haciendo algo mayor y -lo peor- fue acumulando algún kilo.

El primer golpe duro lo recibió cuando el Francés fue sustitudo por el Inglés y ella fue siendo degradada, primero a Ciencias Sociales y después, a lo más bajo: la biblioteca.

Ciertamente, su sueldo fue mejorando. Hasta llegar al punto en que lo del hambre del maestro de escuela no fue más que un amargo recuerdo. Pero por algun extraño fenómeno, al mejorar su sueldo los maestros perdieron autoridad.

Y los niños cambiaron. Dejaron de ser simplemente traviesos para convertirse en mónstruos crueles sin ningún respeto. Los peores eran los que estaban en la biblioteca, que se usaba de sala de castigos. Como es lógico y ya habreis adivinado, empezaron a llamarla "La Paca Vaca". Primero a escondidas como en un juego, después entre ellos, más adelante la llamaban directamente Paca Vaca a la cara. A falta de otro remedio, finalmente se resignó a soportarlo pensando que su jubilación no estaba lejos.

Entonces los mónstruos se envalentonaron. Hasta que un día formaron un corrillo a su alrededor y empezaron a gritar "Paaaca Vaaaca .. Paaaca Vaaaca .. Paaaca Vaaaca ..". Ella, que anteriormente había sido la Srta. P, y todavía antes la profesora de Francés, se dió cuenta de que en realidad ya no era más que La Paca Vaca, una vieja solterona, una menopáusica solitaria y gorda, rodeada de mónstruos vociferantes, unos cabrones completamente ajenos a cualquier clase de piedad. Y rompió a llorar, perdiendo la poca autoridad y autoestima que le quedaban.

Como no eran mas que unos niños consentidos, lo más natural hubiera sido darles dos tortas a cada uno, expulsar a los dos o tres peores .. o pillarse una merecida baja por depresión tras otra, hasta jubilarse. Pero como la Paca Vaca trabajaba en un colegio privado, que ahora es concertado, ninguna de estas cosas era factible.

De modo que ya cerca de su jubilación, la Paca Vaca siguió conduciendo cada mañana su vetusto R5, capeando ella sola atascos cada vez mayores para llegar a las 9 hasta su infierno privado en espera de la jubilacion, que no llegó a ver por que un cancer se la llevo al otro barrio.

Me imagino que dirían una misa por ella en la capilla, es lo que se solía hacer.