jueves, septiembre 03, 2009

Noches de baja intensidad

Este agosto ha sido de estrellas. Casi cada día, al llegar al crepúsculo hemos podido estar al aire libre viéndolas aparecer una tras otra sobre el cielo todavía azul. La primera que se hace visible en agosto es Vega, muy alta, hacia el este. Poco después aparece Altaïr, más baja, a su derecha, y luego Daneb, a la izquierda de Vega y a una altura intermedia entre las dos. Ese es el triángulo de verano, después aparece el corazón del cisne, y al otro lado del cielo, Arturus y la roja Antares a la izquierda de las pinzas del escorpión. Cada noche las hemos saludado como quien saluda a un viejo amigo, ¿Qué tal Arturus? ¡Qué tarde se nos ha hecho si tu ya estás por aquí!.

Y al llegar a casa, algunos días hemos bajado unos bocadillos para cenar sentados en la hierba de la era y seguir mirando las estrellas. Casi nunca cortamos la hierba. Este año, felizmente, la desbrozadora estaba estropeada y no me he sentido con ánimos para llevarla a arreglar. De modo que cuando llegamos medía casi un metro de alto y estaba rebosante de insectos felices. Han sido los niños los que la han aplastado al pasar corriendo de un lado a otro o jugando a los exploradores. Este jardín absolutamente descuidado está en el polo opuesto de la elegancia, pero a mi me resulta acogedor.

...click para seguir leyendo... Alguna noche he estado tentado de poner a Miles Davis para que su música acompañe la aparición de las estrellas, pero no he llegado a hacerlo. Para cuando la indescriptible Vía Láctea ya se ve, la banda sonora principalmente corre a cargo de los grillos que cantan furiosamente entre las hierbas. A lo lejos, se oye a los autillos, que muy raras veces se dejan ver. A mediados de agosto, si uno está atento, además de su familiar tit-tit, también se puede escuchar un grito menos melódico, como un lamento infantil. Son los jóvenes pollos de este año, adolescentes que ya empiezan a volar pero que todavía están aprendiendo el oficio de autillo y piden comida a sus progenitores.

Entre todo esto, es posible que Júpiter ya se vea por encima de la tapia, deslumbrante, y ese es el momento de sacar el sencillo catalejo chino que hace años compré para ver observar pájaros. En menos de un minuto ya se puede estar viendo sus satélites, maravillarse de que su posición sea diferente de la de la noche anterior y acordarse por un momento de Galileo y de la Santa Inquisición.

A veces me he tumbado de espaldas sobre la hierba, con los prismáticos en los ojos, y he pasado horas viendo las estrellas de la Vía Láctea y dando vistazos ocasionales a la galaxia de Andrómeda, pero sin ningún propósito especial, sin intentar hacer fotos que me resulten complicadas: simplemente disfrutando de esta astronomía placentera, de baja intensidad, y charlando con los amigos que han tenido la gentileza de venir a visitarnos a este lugar remoto, solitario y –para nosotros- prodigioso.

Decía que saludo a las estrellas que van apareciendo como si fueran viejas amigas pero a pesar de que siempre me han gustado, en realidad fue el verano pasado cuando empecé a fijarme un poco en las constelaciones y a conocerlas por lo menos de vista. Este año he continuado mirándolas y para ser justo, debo decir que apenas estoy empezando a aclararme: por eso tengo el dulce fervor de los recién conversos. Mis hijos han tenido mucho que ver en esto. La primera semana estuvimos los tres solos y cada noche bajábamos a la era a tratar de ir aprendiendo las constelaciones, por las que han demostrado un sorprendente entusiasmo.

Para los que tengan niños o ellos mismos sean tan infantiles como yo, me atrevo a hacerles una sugerencia por si les fuera de utilidad: darles una libreta, papel y lápiz y pedirles que las dibujen. Primero se buscan y señalan en el cielo (un puntero láser es práctico, pero hay que manejarlo con cuidado) y después se les deja un libro o un ordenador con stellarium para que puedan volver a verlas mientras las dibujan. En casa esta técnica fue un éxito, aunque tuvo una bifurcación inesperada: empezaron a dibujarlas directamente de la pantalla del ordenador, donde se ven mucho mejor que en el cielo. Esta irrupción de lo virtual en el mundo real me recordó a Walt Disney y me hizo refunfuñar. Pero una noche el mayor copió el delfín de la pantalla y después al mirar al cielo exclamó: ¡He encontrado el delfín!. Y en efecto, allí estaba, y fue él quien me lo enseñó a mi. Desde esa noche, el delfín ya no es una más de las constelaciones, un grupito de estrellas en el cielo, si no el dulce recuerdo de la noche de verano en la que mi hijo me enseñó el delfín.

Pero una noche vi aparecer una silueta extrañamente familiar en el horizonte, hacia el noroeste. Eran las Pleyades, que tantas veces fotografié el pasado invierno. Aunque son preciosas, me recordaron que el fin del verano ya está próximo. A la mañana siguiente tuve una desagradable confirmación: fui a comprar al supermercado que hay en la ciudad, a una hora en coche, y allí pude ver los deprimentes lápices de colores, blocs y estuches que se utilizan para endulzarles a los niños la vuelta al cole con la sacarina del consumismo (y en mi infancia la vuelta al colegio, a las siniestras Escuelas Pías, era para mi la peor de las pesadillas).

El fin del verano ya era inevitable, y en efecto poco después fuimos a ver al roble por última vez, al río a despedirnos del lugar donde se bañan las hadas y donde a veces se pueden fotografiar serpientes. Era el triste momento de regresar al mundo real, al despacho de agrimensores y a la vida ordinaria.

Empaquetamos las cosas y regresamos a la ciudad-dormitorio que nos esperaba luctuosa, pestilente, en obras y tan repleta de contribuyentes-votantes como siempre. Igual que en una granja de ganado vacuno se produce leche y carne, la explotación de la ciudad dormitorio produce contribuciones municipales anualmente y votos cada cuatro años. Desde tiempo inmemorial las vacas se quejan de que la máquina de ordeñar les deja las ubres doloridas y de que el establo está sucio. Pero a la hora de la verdad siguen votando al mismo, desde hace más de 30 años.

Ya empiezo a sumergirme en la melancolía post-vacacional y otoñal, que es mucho más intensa después de los veranos que, como este, han sido especialmente gozosos. Apenas hay libélulas en Septiembre y en la ciudad-dormitorio no se ven las estrellas. Ya veremos como me las apañaré hasta la primavera.

18 comentarios:

@ngel dijo...

Magnífico post, que me ha sacado una sonrisa al imaginar a tu hijo viendo el delfín y pletórico de alegría enseñartelo.

Cuando era pequeño también miraba a las estrellas, en el barrio, en el pueblo, y veiamos estrellitas lejanas que se movían, supongo que satélites, y elucubrabamos con que si eran ovnis, etc.. :), y la Vía Lactea que aún hoy me encadila.

Me propongo hacer lo que has dicho y enseñarles a mis hijos de 7 y 11 años a reconocer las constelaciones y a mi mismo, que ya ni me acuerdo y apenas les puedo decir cual es la osa mayor.

El stellarium lo tengo así que me pongo manos a la obra.

Muchas gracias por este rato de ilusión.

felquera dijo...

Casi me apena icluso a mí que llegue septiembre (con lo tranquilos quenos quedamos). Has clavado el texto, me ha gustado mucho.
El otro día pensaba, mientras veía a mi hija corretear por el monte y tirando piedras al río, que ella estaba teniendo la infancia que yo siempre quise tener, aunque en unos años tal vez ella suspire por querer haber tenido una infancia en una ciudad. Creo que tus hijos rememorarán estos veranos como los mejores que podían haber tenido, porque tienen 11 meses para echarlo de menos.
Que la vuelta a la agrimensura sea lo más llevadera posible. Salut, y recuerda que siempre quedará el otoño en los pequeños lugares durandianos.

la desanchá dijo...

Alégrese, hombre, poca gente puede presumir de tener una era.
Yo tenía una. Seca en verano, cuajada de campanillas y amapolas en primavera, podía verse en fotos aéreas su forma perfectamente redonda. Perdida su función original, perdió también su forma.
Este año sólo he ido una vez, con la obligada visita a la balsa donde no he visto, como el año pasado, a la Anax poniendo huevos en un palito, pero sí ¡tachááán! a su libélula color obispo.
También un escarabajo panza arriba al que me empeñé una y otra vez en poner derecho y él, recalcitrante, se empeñaba en voltearse. Después me dijeron que sería porque se estaba muriendo y yo no hacía más que importunarle el tránsito.
Prometo intentar lo de las estrellas cuando la luz y cielo lo permitan.
Y no sea agónico, por Dios, que también el otoño tendrá sus bichos, no?

David Álvarez dijo...

Me ha encantado este post. Y me ha hecho recordar la primera vez que con un pequeño telescopio puede ver a Saturno y sus anillos. Que eran reales y no sólo un dibujo en los libros del colegio. No podía dejar de mirarlo y me seguía pareciendo increíble, hace ya más de 20 años.

Muchas gracias por recordarme ese momento.

un saludo

nomesploraria dijo...

¿Para qué vas a poner el In a silent way si ya tienes esa maravillosa música de fondo? ¿Para qué Miles Davis pudiendo escuchar al autillo?

Supongo que puedo decir que fui testigo de la fascinación que has conseguido transmitir a tus hijos y que no sin cierta envidia contemplé dibujando las constelaciones y gritando con sorpresa recién estrenada: "¡Mirad, el Delfín!".

Pensé en la nostalgia que tendrán para toda la vida de cuando su padre les llevaba a contemplar el cielo y a bañarse en los estanques cristalinos.

treehugger dijo...

Paciencia querido amigo, la ciudad dormitorio es mas acogedora de lo que sus sesgados ojos pueden ver...

zbelnu dijo...

Comprendo tu alegría de la maleza (el otro día un personaje de la película de Rohmer Reinette et Mirabelle se maravillaba de eso, de la hierba sin cortar, del olor silvestre del campo no cultivado... y me gusta imaginar ese lugar lleno de autillos) y tu comentario de las estrellas amigas me ha recordado un poema de Emily Dickinson (ella vivía enclaustrada, ya sabes) que dice (espero que te guste):

My Best Acquaintances are those
With Whom I spoke no Word--
The Stars that stated come to Town
Esteemed Me never rude
Althought to their Celestial Call
I failed to make reply--
My constant --reverential Face
Sufficient Courtesy.

igniszz dijo...

Dulce descripción y conmovedor adiós a un tiempo en el que las personas pueden ser personas.

Mad Hatter dijo...

¡A ver esa hierba seca que luego salta una hispa y pasa lo que pasa!
Lo cierto es que los jardines descuidados o asilvestrados tienen un encantado especial.
Un abrazo.

Le Mosquito dijo...

Ya estamos... caemos en el "error" de adjetivar a la bonanza como maleza, y viceversa, y a la manipulación de jardines como elegancia. ¿Dónde está el límite para manipular un jardín? No lo sé, pero a mi los de Versalles me ponen el alma de punta; y "esos" setos y árboles recortados con la intención de imitar formas de aves, mamíferos, espirales... me ponen malísimo (prometo).
Tengo un amigo, jardinero, enamorado, según sus palabras, de los jardines "años 40/50". Algunos de estos jardines no hacían más que respetar las especies que ya estaban allí, y antes de construír la vivienda, la cual era ubicada en el lugar menos traumático para el entorno natural.
Eso sí que es, puestos a comparar (no a defender) elegancia.

odette farrell dijo...

Maravilloso post en verdad MARAVILLOSO.

Disfrute la descripción que haces del mapa del cielo... también a mi de niña me encantaba ver las estrellas, pero siendo nativa de una gran ciudad aprendí más de ellas en los libros que en el cielo. Pecado!

Espero alguna vez en la vida tener la oportunidad de estar en un sitio tan bello como el que describes. Lindo en verdad imaginarme a tu hijo dibujando el Delfin :)))

El otoño es lindo....pero me entristece mucho que el verano ya se vaya...sobretodo en el lugar donde vivo :(

Dr. Jorge Garat. dijo...

Envidio un poco a Nomesploraria, que pudo ver directamente a tus hijos enamorados del cielo y orgullosos de lo que su padre les ha enseñado. No olvido a su madre que, aunque no conozco, sospecho debe ser el pilar con cable a tierra de la familia...
Deseo amigo Frikosal, que esos niños, tengan Padre por muchos años...
Un reverencial saludo desde Chile.

Erna Ehlert dijo...

Que felicidad la manera que habeis pasado el tiempo!
Siempre se puede aprender algo de los hijos.
Me encantan tus cielos.
A mi tambien me gusta tener partes "silvestres" en el jardín.
Son mas vivos porque dejan lugar a sus habitantes naturales.
Y los grillos, me gusta su musica.

Un saludo

Lom dijo...

Nostalgia de las vacacioes de verano en libre contacto con la naturaleza, de los niños que rápidamente dejan de serlo. Alegría por quien los disfruta y comparte con sus amigos.
Feliz reentrada!

Erelea dijo...

Mi verano, primo carnal del tuyo, se me acaba precisamente hoy por la noche, y estoy de acuerdo en casi todo contigo excepto en lo de "la baja intensidad", a la que yo añadiría el adjetivo de "aparente".

Mi verano ha tenido dos noches memorables: una con una avería del alumbrado público y las calles oscuras y llenas de niños jugando al escondite, y otra mejor aun con un apagón absoluto de 35 minutos, luna nueva y noche en calma.

Adiós verano.

Mamen dijo...

Me ha encantado.

Somos muchos los que estamos de depre postvacacional aunque no hayamos tenido veranos tan gozosos como el suyo, pero es que la vuelta a la rutina pesa. Saludos!

Erelea dijo...

¡YO TAMBIEN AÑORO EL BUEN TIEMPO Y LAS VACACIONEEEEEEEES!
Bueno, creo que me he desahogado un poco. Mucho no, pero algo sí.

frikosal dijo...

:)