miércoles, agosto 31, 2011

Ejercicios espirituales para ateos: bañarse en un ibón

"Ibón" es la palabra aragonesa (y creo que vasca) que se usa para referirse a los lagos de origen glaciar que hay en el Pirineo. En catalán se llaman "estanys" y en francés, "lacs". Yo  utilizo la palabra "ibón" que me parece la más bonita.

Se forman en depresiones que hay entre las montañas, a partir de unos 2000 metros de altura, cuando se deshiela la nieve. Algunos son accesibles muy fácilmente, pero a otros solamente van a poder llegar los escaladores.

Incluso en verano, el agua está fría, pero no tanto como se podría pensar. El sol de agosto es fuerte y la va calentando. Sin necesidad de heroicidades, uno puede razonablemente entrar y salir del ibón, meter la cabeza dentro del agua, abrir los ojos y ver un mundo gélido, azulado y lleno de misterios: es la patria de las náyades. Podremos incluso nadar unas brazadas.

Todo eso hay que hacerlo en silencio, procurando no mover el agua más de lo estrictamente necesario, como si el ibón fuera un ser vivo al que no queremos lastimar. De hecho, en algunos está prohibido hacerlo, infórmense antes. Tampoco se puede gritar, ni usar protectores solares que puedan contaminar el agua. En una palabra: hay que bañarse pero con reverencia. Y si no estamos dispuestos a reverenciar al ibón ¿a qué hemos venido?. Yo, que no creo en ningún dios, siempre entro en los recintos sagrados con toda la solemnidad y el respeto. Sagrado es todo lo que puede profanarse, y esas aguas límpidas desde luego lo son.

Para que el ejercicio realmente sea un ejercicio, deberemos elegir un ibón que nos suponga un cierto esfuerzo, que esté un poco al límite de lo que podemos hacer sin lastimarnos. Algunos podrán subir en enero hasta los más difíciles y hacer un agujero en el hielo para entrar en el agua ¡bien por ellos! Pero yo no puedo hacer eso, ni falta que hace: cada uno debe saber donde está su límite, y de lo que se trata es de acercarse a ese límite. Poco importa cual sea. Entonces ¿no voy a recomendar ningún ibón? Naturalmente que no, cada uno debe encontrar el suyo y eso es parte del ejercicio.

Siempre, en toda la liturgia (y aquí estamos hablando de liturgia, sin Dios, pero liturgia) debe de haber un poco de dolor, un poco de miedo y un poco de incertidumbre. Dolor del cansancio, miedo a las tormentas que puedan venir por la tarde, incertidumbre de no saber si podremos llegar. Y después, si lo hemos logrado, al salir del agua, ese será el momento de la alegría....también debe de haber alegría, naturalmente, pero no puede estar asegurada.

Es posible que alguno de los compañeros haya traído un poco de vino. El paisaje a veces es tan increíblemente bello que nos puede dejar anonadados, con una sonrisa de beatitud. Y siempre habrá quien nos tome por imbéciles, siempre habrá quien nos mire entrar tal vez como adanes y evas en las aguas sagradas del ibón. Otros se extrañarán de nuestra actitud reverente. Pero nos secaremos al sol de agosto, comeremos, reiremos y pensaremos -durante unos minutos- que después de todo si que mereció la pena vivir.

martes, agosto 30, 2011

Respeto por los rayos

En fin, que ya estoy de regreso, con muchas fotos para revelar y alguna cosita para contarles. Un afectuoso saludo a todo el mundo y gracias por sus comentarios. Buenas noches.

viernes, agosto 19, 2011

Sufrimiento y eutanasia

Hace algún tiempo recibí en este cuadernillo comentarios anónimos de alguien que se definía a si mismo como cristiano. Me recordaba, seguramente escandalizado por mi ateísmo, que en el momento de la muerte, entre miedo y dolores atroces, son muchos los que solicitan a un confesor para poner su alma en paz, poder retornar al seno de la Iglesia y de este modo evitar el infierno. Puso además esta afirmación en manos de una amiga enfermera y afirmó que tal vez fuera ese mi caso, que tal vez yo (se sobreentendía, asistido por una enfermera tan cristiana como él) también en el último momento claudicaría ante un confesor.

Recuerdo la angustia y el dolor de mi padre moribundo, que no pidió a ningún confesor, y recuerdo como si pedía por favor algunos calmantes más, aunque fuera a costa de acortar su vida. Calmantes que sistemáticamente le eran escatimados por las enfermeras, como si fueran medicinas preciosas y carísimas.

Ahora me explican el caso de una persona que se encuentra en circunstancias parecidas y esos recuerdos vuelven a mi. Una vez más, la medicina oficial pone trabas para aliviar el sufrimiento de una persona gravemente enferma, sin posibilidad de salvación. A primera vista, me parece algo incomprensible. ¿No existen los medicamentos que proporcionan paz y alivio, aunque sea artificial? ¿Es que acaso son tan caros? No debe ser el precio el problema cuando los protocolos insisten en la quimioterapia paliativa. ¿No habrá algo moral? ¿Algún miedo a transgredir algún mandamiento? Oí por la radio hablar a un médico cristiano que pedía para si mismo “una muerte plenamente consciente, dolorosa, para estar en contacto con el Creador”. Me parece estupendo si este es su deseo, pero ¿y para los demás? Si para alguna cosa debería servir la ciencia ¿no sería para aliviar completamente el sufrimiento humano cuando ya no hay esperanza de curación o cuando el paciente decida que esa esperanza es demasiado leve como para asumir el dolor que ocasiona el tratamiento? ¿Se teme acaso que un enfermo terminal, convertido en adicto a alguna sustancia, pudiera curarse y ser algo así como un yonqui el resto de su vida? ¿No se le podría desintoxicar más tarde, si asi fuera?

Yo creo más bien que el temor es de tipo inconsciente, moral, incrustado en el espíritu después de tantos años de catolicismo. Y peor todavía: temor real, miedo a ser perseguido judicialmente, o linchado en los medios de comunicación como ya ha ocurrido.

Pero ¿por qué tienen ese interés en mantenernos asustados y adoloridos en el momento de la muerte? Lo siento pero me temo que se trata, simplemente, de potenciar el temor y el dolor. Estos sufrimientos en efecto debilitan nuestro entendimiento, y quien pueda controlarlos tiene en sus manos un poderoso instrumento para someternos. Por el contrario, una pastilla en la mesilla de noche que pudiera poner fin de forma indolora a nuestra vida, aunque no la usáramos, nos aliviaría y nos daría serenidad. Negar el derecho a la propia vida, de la que legalmente uno no puede disponer, es simplemente un medio para aterrorizarnos y someternos, igual que las historias del infierno que me contaban los padres Escolapios.

Por último, para ser justo, debo contar el caso de un buen amigo que murió hace unos años. Un joven sacerdote quiso visitarle y él –ateo como yo- le autorizó a hacerlo siempre que no le hablara de Dios ni del más allá. Pero resultó que sin saberlo, los dos habían pasado muy buenos ratos andando por las mismas montañas y bañándose en los mismos ríos. De eso hablaron largamente cada tarde, y después del entierro, la familia me explicó que ese hombre solitario que había estado llorando silenciosamente en el último banco era justamente el joven sacerdote.

Hay una espiritualidad que no se basa en la religión y que no busca el poder ni las riquezas; hay una ciencia que no es perversa; hay personas que de buena fe ayudan a sus amigos.

viernes, agosto 05, 2011

La noche del lirón

Estoy convirtiendo mis sesiones de fotografía de estrellas en una especie de ceremonias de una religión personal, sin dioses ni elementos sobrenaturales. Ya no son las fotos en si, si no las cosas que veo y las dificultades para llegar de noche y en solitario hasta los lugares elegidos. Sigo mal de las piernas y tengo que calcular con regla y compás mis desplazamientos por el monte para no excederme. Procurando llevar lo mínimo imprescindible (el saco de dormir, un anorak, la D700 con el 14-24, el trípode, pastillas para potabilizar agua y algo de comer), el peso de la mochila es tolerable. De todos modos esa tarde la subida me costó. El cielo parecía que quería taparse y pensé que en todas las liturgias, por modestas que sean, tiene que haber dolor, miedo e incertidumbre hasta llegar al desenlace.
En efecto, llegué al lugar que había elegido, el cielo estaba sereno y pude hacer las primeras fotos de la noche. Respiré con alivio. Era el momento de comer algo y dormir unas horas hasta la siguiente sesión de fotos antes del amanecer, puesto que los astros tienen su propia lógica y el que quiera disfrutarlos debe tener paciencia. Me marché al refugio.

Los refugios de montaña, si no están guardados, quedan a merced de la gente sucia que deja toda clase de basuras dentro, y ya estaba mentalizado para aguantar por unas horas el mal olor y las paredes llenas de grafittis. Por lo menos, pensé, que no haya nadie en el refugio. Pero si que tuve compañía.

Al entrar en el refugio, apareció una especie de ratoncito debajo de una asquerosa manta abandonada. No era exactamente, un ratón, era más bonito, y pensé “este debe ser un lirón”. Le abrí la puerta para que se marchara, como se hace con las moscas, y el animalito salió corriendo del refugio, dando muestras de una gran educación …. y volvió a entrar inmediatamente después, sin dejar de lucir su elegante máscara y su cola gris con una borla de pelo en la punta. Estaba claro que esa era su casa y que no tenía intención de marcharse.

Cené una sopita caliente y me paparé para la noche. El lirón se había escondido entre las piedras del hogar, al lado del papel higiénico usado y las latas de sardinas vacías que alguien había tirado. Como algunas personas, aquel animalito tenía la propiedad de permanecer limpio incluso entre toda aquella porquería. Tomé la precaución de dejar toda la comida fuera excepto un montoncito de frutos secos para que cenaran los lirones: resultaron ser dos, una simpática familia lirón.

A todo eso ya eran más de las doce. Puse el despertador a las cuatro y me fui a dormir. ¿Dormir? Los que hayan tenido un hamster sabrán de la tremenda actividad nocturna de los roedores. Justo cuando estaba a punto de conciliar el sueño, empezaron los lirones a saltar de un lado a otro, mostrando una particular predilección por mi mochila. Es una sensación desagradable pensar que un animalito pueda roerte la bolsa de la cámara mientras duermes. De modo que yo les reprendía severamente: ¡YA SE que esta es vuestra casa y que yo solamente soy un invitado pero podríais tener la educación de dejarme dormir un ratito después de que os he dado de cenar!. Esto surtía efecto durante unos diez minutos, el tiempo que yo tardaba en volver a empezar a dormir.. y entonces volvían a la carga. Vi las tres y cuarto en el reloj y cuando ya me pude abandonar al sueño, sonó el despertador.

Bajo la mirada atenta de mis compañeros, me preparé un café muy cargado, recogí las cosas y salí al aire helado del Pirineo. El cielo estaba espectacularmente negro y lleno de estrellas. Este verano Júpiter sale muy tarde pero brilla como lo que es, el señor de los cielos, y merece la pena esperarle. Ya se veían las Pléyades bastante altas y detrás asomaban las Híades, justo encima de una montaña. Después tenía que venir Orión, el cazador, pero la noche de los lirones, a principios de agosto, todavía no pude verlo. Quedaba para la próxima ceremonia.