Portada del Reflexiones, por gentileza de NMP que ha tenido a bien escanear un valioso ejemplar de la primera edición, procedente de su colección personal.Hace unos días les hablé del grupo de autoayuda
"Autopublicadores anónimos", de Dieter Berglund y hoy regreso al tema. La autopublicación, tentación constante de todos los blogueros, me parece un tema fascinante. Pero hay que andarse con cuidado, ahora mismo me viene a la memoria el caso de la editorial esotérica Manuzio, en la novela
El péndulo de Foucault de
Umberto Eco, que era utilizada para estafar a incautos autopublicadores.
Y todos los que tengan la autopublicación en mente deberían tener presente el triste caso de
René Safont, taxista y uno de los más célebres autopublicadores de Europa. Dice el tópico bonaerense que un taxista ya es medio filósofo, y René sin duda lo fue. Hijo de exiliados, a los trece años se vio forzado a abandonar prematuramente los estudios para ganarse la vida. Después de pasar por diversos empleos (empleado de mudanzas, vendedor de cafeteras, camarero), aprendió el oficio de fontanero y llegó a ser un buen profesional. Pero Safont siempre fue un hombre muy dado a la reflexión, y en una ocasión se quedó meditando con la llave inglesa en la mano y agua hasta los tobillos, sin atinar a cerrar la llave de paso. Ese fue un momento decisivo en su vida: en 1961 decidió hacerse taxista para poder meditar mientras conducía. Con sus modestos ahorros compró la licencia y un Citroën DS (el famoso tiburón) de segunda mano.
Safont pasaba once horas al día al volante del coche. Absorto en sus reflexiones, fumando un Gauloise tras otro en los interminables atascos junto a la Concorde, Safont fue dando forma a su pensamiento. Por la noche, en su humilde apartamento, anotaba y pulía sus aforismos con un vaso de Ricard en una mano. En el 65 sintió que su obra era merecedora de la imprenta y empezó su infructuosa peregrinación por las editoriales (recordemos que en aquella época no existía la blogosfera). Todos sus esfuerzos fueron infructuosos hasta dar con una editorial análoga a la Manuzio cuyo nombre prefiero omitir. Safont, incauto, creyó en los elogios que hacían de su obra y se dispuso a reunir la desorbitada cantidad que le pedían por la impresión y distribución de diez mil ejemplares de sus
Reflexiones.
Safont, que nunca había estado interesado en el dinero, empezó a actuar como un taxista: empleaba toda clase de artimañas para poder ir ganando un franco tras otro. Por ejemplo, paseaba a los turistas japoneses por toda la ciudad antes de llevarles a su destino. Finalmente, recurriendo a un préstamo, reunió la cantidad que le pedía la editorial y su obra fue impresa.
Hubiera caído en el más absoluto de los olvidos de no ser por la radio y el programa satírico
Le canard rouge. Tristemente, un ejemplar de sus Reflexiones cayó en manos de los guionistas, que le entrevistaron para burlarse de él. Descubrieron un filón. Durante meses, cada mañana el locutor Francesco Baltasaro empezaba el programa con un aforismo de Safont. El uno de marzo del 71 le tocó el turno al aforismo 114, "El todo es un espasmo de la nada". El público se desternillaba y pronto los clientes empezaron a reconocer al taxista filósofo en cuanto Safont se acercaba a recogerles en su destartalado tiburón.
Una mañana de mayo, Safont no pudo soportarlo más y precipitó su tiburón al fondo del Sena. Consternados, los locutores de
Le canard rouge dieron su pésame a la inexistente familia y lamentaron que Safont hubiera sufrido un accidente tan terrible. La gendarmería encontró una caja de botellas de Ricard en el maletero y añadió el suceso a la lista de calamidades causadas por el alcohol.
Pero en 1973 el cosmólogo y especialista en teoría de quarks
Edward Tryon anunció su teoría: Quizás el universo es una fluctuación del vacío. Su artículo
Is the Universe a Vacuum Fluctuation, fue publicado en la enormemente prestigiosa Nature, 246(1973), pp. 396-397. The universe is simply one of those things that happens from time to time.
Un físico de la Sorbona, al leer el artículo en Nature recordó el aforismo 114 de Safont, y pudo encontrar su libro Reflexiones. Ese fue el inicio del reconocimiento de Safont. Ahora es mundialmente admirado por la profundidad de su pensamiento, inaudita en un hombre sin ninguna clase de estudios y ha sido comparado a Demócrito.
El presidente de la República ha concedido la medalla de oro a Francesco Baltasaro, ahora locutor deportivo, por su trabajo de divulgación.