Cuando el primer finalista subió al escenario se hizo un silencio sepulcral en el salón. Era un camionero prejubilado de Manresa que en su juventud había aprendido a renegar en los clubs de carretera de media España. Exclamó:
Xxxxx xxx xxx xxxxxxxxx xxx xxxxxxxxxx xx xxxxxxxx xx Xxx !Los aplausos fueron largos y sinceros. Había sido un juramento magnífico, de la escuela catalana, colorista, muy imaginativo.. pero un poco flojo de pasión, como un ejercicio de virtuosismo sin sinceridad blasfematoria.
Las deliberaciones fueron difíciles. Los jueces habían recibido instrucciones estrictas del Maestro: ¡En la final, no os excedáis en las puntuaciones! Obtuvo un 9.90 en Creatividad, un 9.10 en Rigor Teológico, pero tan solo un 5.70 en Declamación. Esta última calificación provocó algún silbido de los cofrades (ya se sabe que no hay decisión arbitral sin polémica).
El otro finalista era un aragonés de los Monegros que hizo el servicio militar en Marina y después se reenganchó. Aprendió el arte de la blasfemia en los bares portuarios de todo el litoral Mediterráneo hasta que a los cuarenta, asqueado de la vida militar, puso un centro de buceo en Blanes.
Contrajo el abdomen, bajó un poco la cabeza, apretó fuerte como para defecar, enrojeció y gritó:
Xx xxxx xx Xxxx x xx xx Xxxxxx ... ... ¡xxxx!La cofradía entera quedó estupefacta, consciente de haber asistido a un momento histórico. Pocos se atrevieron a aplaudir. Algunos se marcharon discretamente de la sala, temerosos de que un rayo pudiera alcanzarla (entre ellos, el representante de Irlanda, que según se dice, a la mañana siguiente se confesó discretamente).
Más que las palabras, que fueron ofensivas pero convencionales, la fuerza del juramento estuvo en la pausa entre la primera primera y la segunda parte. Durante ese segundo pensó en su pobre infancia, en su padre despótico, en la mujer que lamentó haber abandonado y en el hijo perdido para siempre, en los gastos de mantenimiento del viejo barco, en los malditos turistas apijotados que tenía que aguantar a diario, en el siniestro accidente de descompresión que le había dejado renqueante, en el escaso coral cada vez más profundo.. y entonces pronunció el adjetivo final como si realmente el Altísmimo en persona fuera el responsable de todos sus males y con ese último grito pudiera encabronarle definitivamente, renunciando a cualquier posibilidad futura de redención.
...
Después de la entrega de premios, el Maestro tomó la palabra:
-Apreciados amigos: El nivel alcanzado ha sido realmente excepcional y esta edición de nuestro certamen pasará a la historia. Los concursantes han mezclado lo prostibulario, lo fecal y lo sacro con soltura e imaginación, como solo sabemos hacerlo nosotros. Pero hoy es un día triste: debo deciros que nos espera un futuro muy complicado. Me temo que ya entreveo el fin de nuestra venerable cofradía secreta.
(Murmullos de desaprobación)
-¡Silencio!. Hemos sobrevivido desde los tiempos de la Inquisición y hemos capeado varias dictaduras. Pero hoy en día la juventud no sirve para esto, ya no tenemos vocaciones ¡No tienen ni la cultura ni la paciencia necesaria para la práctica diaria! Siento decirlo en este salón donde me rodean los cuadros de mis ilustres antecesores que ahora sin duda nos están observando desde el infierno... ¡Pero no podemos negar la evidencia! Hace años que no hay socios nuevos y la mayoría de los aquí presentes pasamos de los sesenta. En una sociedad sin fe ni valores no puede haber buenas blasfemias. El otro día me contaron el caso de unos estudiantes de periodismo que no sabían ni quien fue Jesucristo. ¡A donde vamos a ir a parar! ¡Y no nos faltaba más que la asignatura de educación para la ciudadanía! ¡Que Dios nos ampare!
(Una entrada sin ánimo de ofender, dedicada a los amigos A. y B.)