
Este es el gran roble, y detrás está la Vía Láctea, en esta noche clara de Agosto. Justo ahora mismo acabo de leer que para los antiguos egipcios la Vía Láctea era como un Nilo celestial. La mancha blanca es Júpiter con sus satélites. Brilla más que cualquier otra estrella, y causa escándalo e incluso temor en el firmamento. Por allí, más arriba de las ramas, debe de andar el enigmático Plutón. Pero es miles de veces demasiado sutil para que pueda verlo la cámara. También se oyen los autillos cantando imperturbables, como si fueran radiofaros, y a veces a lo lejos, los extraños ladridos de los zorros y los gruñidos de los jabalíes que suelen pasar cerca de aquí. Siempre siempre tan reflexivos, me preguntan que estoy haciendo.
-Fotos, hago fotos, y también observo la galaxia de Andrómeda con mi modesto catalejo.
Veo pasar de vez en cuando extraños cuerpos celestes, demasiado rápidos para ser un avión y demasiado lentos para ser estrellas fugaces. Careciendo de fe en la Ufología, asumo que son satélites artificiales y recuerdo que CocaCola se estuvo planteando durante años si poner un anuncio en órbita.
Pero yo debo aprender algo de astronomía, por que si finalmente aterrizaran criaturas de otros planetas por lo menos ya podríamos hablar de las supernovas y los agujeros negros, que aterrorizaron desde el primer momento a mi hijo pequeño. El mayor se quedó consternado al saber que dentro de 4000 millones de años el sol explotará y reducirá la tierra a cenizas.
Esa luz roja del fondo, que parece infernal, en realidad es el reflejo de una gran Babilonia, con sus campos de Golf y sus urbanizaciones a medio construir por culpa de las suspensiones de pagos.









