viernes, agosto 31, 2007

La luz de la luciérnaga (I)



De los libros perdidos de Fabre:

En nuestros climas, pocos insectos rivalizan en fama popular con la luciérnaga, curioso bicho que para celebrar sus pequeñas alegrías de la vida, se enciende un faro al final del vientre. ¿Quién no lo conoce por lo menos de nombre? ¿Por las calientes tardes del verano, quién no la vió errar entre los herbajes, igual a una chispa caída de la luna llena? La antigüedad griega la denominaba Lampyre, significando portador de farol sobre la rabadilla. La ciencia oficial hace uso del mismo vocablo; llama al portador de farol Lampyris noctiluca.

Los tiempos están cambiando, y este insecto que Fabre describe como común, es más bien escaso. Yo creo que por lo menos el 90% de los menores de 18 años nacidos en esta península de asfalto no han visto jamás una luciérnaga encendida.

¿Por que este maravilloso coleóptero es tan escaso cuando parece ser que antes era abundante? No lo se, supongo que la destrucción masiva del medio ambiente tiene algo que ver, también el abuso de la iluminación artificial por la noche, que interfiere con su estrategia reproductiva. Su alimentación, principalmente a base de caracoles tampoco debe ayudar. En la foto de abajo (que ya está en otro post) una joven luciérnaga comiéndose un caracol atravesado por los rayos de luz del amanecer. A los señores aficionados a recolectar caracoles, les pediría que dejaran alguno para las luciérnagas.

A diferencia de los adultos, los individuos jóvenes pueden verse con cierta facilidad. Las hembras adultas son muy parecidas, pero emiten una luz fría y verdosa por los últimos segmentos del abdomen para atraer a los machos voladores (que nunca he visto). Parece ser que existen varias especies, pero la más frecuente y la que muestro en estas fotos es lampyris noctiluca, la de estas fotos.

Distinguir su luz verde al lado de un sendero en una noche de verano es toda una experiencia. Se puede ver claramente a cinco o diez metros de distancia y recuerda la luz de un LED verde, pero no emite absolutamente nada de calor.

Yo hace años que no veía ninguna encendida, y tenía unas ganas tremendas de poderla fotografiar. Este verano, por fin, he tenido la suerte de poder hacerlo. No me resultó fácil hacer las fotos, en la próxima entrada os lo cuento.

lunes, agosto 27, 2007

Sobre la dilatación del tiempo y la inmortalidad psicológica



Cuando yo era un niño, el verano era larguísimo. Se extendía desde principios de Julio hasta mediados de Septiembre. Pero esta no era la principal razón de su aparente eternidad, en realidad un solo mes ya hubiera bastado para hacerlo prácticamente infinito. Cuando tenía seis años, cada una de las tardes de Septiembre que yo pasaba en una playa solitaria (sin ninguna huella excepto las del escarabajo pelotero) duraba exactamente lo mismo que uno de mis años actuales.

Yo me pregunto si mediante alguna gimnasia mental, o tal vez con la ayuda de algún fármaco precioso, podríamos dilatar el tiempo psicológico en nuestros momentos mejores y acortarlo en los peores.

Todavía más. Borges imaginó a un poeta condenado a muerte que pidió a Dios poder terminar su última obra. El tiempo que transcurrió desde el fogonazo de los fusiles hasta la llegada de las balas fue (en su mente) de un año, suficiente para su propósito.

Tal vez en el instante de la muerte, nuestro último suspiro de lucidez podría prolongarse en nuestra percepción durante años y años. Para ello no sería necesaria la intervención del nigún Dios, bastaría con que las neuronas pudieran funcionar de forma rapidísima, mucho más que las alas de una libélula. Asi podríamos revivir nuestros pensamientos y gozar una vez más del recuerdo de las tardes pasadas en las playas solitarias que ya no existen.

Esto es lo más parecido a la inmortalidad que puede concebir un ateo melancólico.

En fin, por más vueltas que le de, irremediablemete ya se han terminado las vacaciones. Eso si, quedan algunas fotos por procesar, algunas historias que contar.